12 de Noviembre natalicio de Sor Juana

Evocación a Sor Juana en su cumpleaños

Sor Juana y Quevedo...todo se puede decir

Las palabras eran perlas con las que podría hacer collares, ladrillos con los que construiría castillos, lodo con el que fabricaría personas...

Sor Juana precursora de la nueva mujer I

La palabra de sor Juana se edifica frente a una prohibición…Su decir nos lleva a lo que no se puede decir...

Sor Juana precursora de la nueva mujer II

Curiosa irredenta, estudiosa del mundo que le tocó vivir, poeta, mujer misterio, fiel a su vocación

Mujeres inconvenientes, sin centavear

Su producción literaria se caracteriza por su sinceridad y fuerza, que alcanzan tonos desconocidos de sus contemporáneos

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2 de agosto de 2013

Revista Letras Libres: Sor Juana, contadora

El convento de San Jerónimo administraba edificios y prestaba dinero. Sor Juana, a la par que escribía la poesía más notable de su tiempo, fue ahí contadora. Álvaro Enrigue descubre cómo el lenguaje mercantil enriqueció sus poemas.
Mayo 2013 | Tags: 

9 de mayo de 2013

Revista Letras Libres: Ovidio en el iPod

FOTOGRAFÍA

Ovidio en el iPod 

Diciembre 31, 2007 | Autor: 

Gabriel Gutiérrez

Fuente:http://www.letraslibres.com/imagenes/ovidio-en-el-ipod-4587?orden=autor

30 de marzo de 2013

Revista Letras Libres: Lo jerónimo en Sor Juana


Por Gabriel Zaid

Revista: Letras Libres
Septiembre 2011 | 

Para ofrendar su vida a las letras, Sor Juana decidió refugiarse en un convento. En esta entrega, Gabriel Zaid vierte luz sobre las razones  que llevaron a la Décima Musa a elegir la orden jerónima, decisión que explica el tenor de su vida y obra enteras.
 Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) tuvo una madre soltera, analfabeta y empresaria que tomó a su cargo la hacienda manejada por su padre, un buen lector cuya biblioteca despertó en la nieta el apetito de leer.
Su inteligencia asombraba a todos y molestaba a algunos, como el necio que se atrevió a ofenderla con un epigrama sobre su origen familiar. Ella reviró con otro, “tan sangriento que nos duele en Sor Juana” –dice el padre Alfonso Méndez Plancarte, compilador de susObras completas. Fue una mentada de madre feroz, dos redondillas “que dan el colirio merecido a un soberbio”:


       El no ser de padre honrado
       fuera defecto, a mi ver,
       si como recibí el ser
       de él, se lo hubiera yo dado.

       Más piadosa fue tu madre,
       que hizo que a muchos sucedas
       para que, entre tantos, puedas
        tomar el que más te cuadre.



Con igual desenvoltura, pero sin motivos personales, escribió un
soneto respondiendo al desafío retórico de rimarlo en che:

 Aunque eres, Teresilla, tan muchacha,
le das que hacer al pobre de Camacho,
porque dará tu disimulo un chacho
a aquel que se pintare más sin tacha.

 De los empleos que tu amor despacha
anda el triste cargado como un macho,
y tiene tan crecido ya el penacho
que ya no puede entrar si no se agacha.

 Estás a hacerle burlas ya tan ducha
y a salir de ellas bien estás tan hecha
que de lo que tu vientre desembucha

 sabes darle a entender, cuando sospecha,
que has hecho, por hacer su haciendamucha,
de ajena siembra, suya la cosecha.

No era propio de una mujer, y menos de una monja, escribir así. Y, precisamente por eso –dice Antonio Alatorre en “Sor Juana y los hombres”– escribió este soneto digno de Quevedo: para demostrar que no era menos que los hombres. Octavio Paz, en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, había hecho esa comparación y subrayado algo importante: Ni estos ni otros poemas satíricos de Sor Juana fueron póstumos. Están en la primera edición de sus obras. Ella los envió a su editor en Sevilla sin aspavientos, y él los publicó con las debidas licencias eclesiásticas y del rey. Sor Juana, probablemente, los “consideraba, dentro de su programa vital de emulación literaria, como muestras de su capacidad para acometer todos los géneros en boga, aun los más arriesgados”.
Parece que la censura lo entendió así, porque el Calificador del Santo Oficio de la Inquisición (contra lo que imaginamos de aquellos tiempos) dice “que habiendo leído con singular atención cuanto en este volumen se contiene, nada he hallado que corregir [...] Ni en un ápice ofende, ni la verdad de la religión católica, ni la pureza de las costumbres más santas. Mucho sí que aprender, muchísimo que admirar; conque dejando el oficio de censor, tomara gustoso el de panegirista”...
Sor Juana se midió con los mejores poetas del Siglo de Oro, no solo Quevedo. José Gaos (En torno a la filosofía mexicana) la señala como figura precursora de los humanistas mexicanos “que dieron al siglo XVIII su esplendor: ser religiosos, afán de saber enciclopédico, saber de la ciencia moderna, interés por saber de las cosas naturales y humanas del país y por el progreso y emparejamiento de éste con Europa en los dominios de la cultura”. Sor Juana mostró que el emparejamiento era posible.
Pero Gaos, Paz y Alatorre olvidan a San Jerónimo, un letrado polémico y lenguaraz que creía en la inteligencia de las mujeres. Gracias a él, Sor Juana se sintió legitimada, como retoño de una familia espiritual que la ennoblecía. Su ancestro espiritual era un lector voraz, escribía maravillosamente y no tenía pelos en la lengua.
Juana intentó ser carmelita, pero esa regla tan pesada fue superior a sus fuerzas. ¿Por qué carmelita? Joaquín Antonio Peñalosa hace una buena hipótesis en Alrededores de Sor Juana Inés de la Cruz: a los diecinueve años de edad, Juana buscaba una figura tutelar para su doble vocación de soltera y escritora. Creyó encontrarla en Santa Teresa de Jesús, y, con el espíritu decidido de la reformadora, entró de novicia en la orden de las carmelitas descalzas. Pero los ayunos, penitencias y deberes la enfermaron. Renunció a los tres meses y, después de buscar tres meses más, se fue con las jerónimas para el resto de su vida. Había otros veinte conventos de monjas. ¿Por qué ese? Porque San Jerónimo fue un gran escritor, que creía en las bibliotecas y en la inteligencia femenina.
San Jerónimo creía que las mujeres tienen que hacer cosas más importantes que casarse. Promovió que se dedicaran al estudio, la contemplación y la oración, con tanto éxito que fue acusado de subversivo de la buena sociedad y líder de aristócratas rebeldonas. Su ejemplo era un apoyo frente a la pequeñez moral que no ve en la cultura más que vanidad y perdición. Era posible tener cultura y fe. Era posible ser mujer y letrada. Era legítimo tener una gran biblioteca y dedicarle mucho tiempo. San Jerónimo no quería ser sacerdote, y, cuando lo presionaron, aceptó, a condición de que no lo distrajeran de sus libros, con misas y esas cosas.
En el convento de las jerónimas, Sor Juana se encontró a sí misma. Tenía lo que Virginia Woolf llamó después Un cuarto propio (de hecho, un dúplex). En el “sosegado silencio de mis libros” vivió veintisiete años como una de las cristianas doctas apoyadas por San Jerónimo; contenta de que “debía por el estado eclesiástico profesar letras, y más siendo hija de un San Jerónimo y de una Santa Paula, que era degenerar de tan doctos padres, ser idiota hija” (Respuesta a Sor Filotea).
Santa Paula (347-404) fue una patricia romana, “santísima madre mía [...], docta en las lenguas hebrea, griega y latina, y aptísima para interpretar las Escrituras”, que fundó tres conventos para mujeres en Belén, bajo la dirección de San Jerónimo (c. 347-420). Este no fue romano ni patricio, sino un dálmata de familia acomodada, enviado a Roma para estudiar letras clásicas, de las cuales llegó a tener su propia biblioteca. Estudió especialmente el latín de Cicerón y empezó a escribir; pero frecuentaba las catacumbas con otros estudiantes y acabó bautizado. Terminó sus estudios y no supo qué hacer. Convivió con amigos cristianos que volvieron a sus tierras natales (él no quiso volver a la suya); y, finalmente, cargando siempre con su biblioteca, de la que no se separaba, peregrinó a Tierra Santa. En Jerusalén cayó enfermo y tuvo una pesadilla en la cual lo azotaban por ser más ciceroniano que cristiano: por no estudiar la Biblia como estudiaba a los clásicos griegos y latinos. Así que se fue a estudiar la Biblia y el hebreo para leer el Antiguo Testamento en su lengua original, en una ermita del desierto.
Tanto su retiro (leyendo, haciendo penitencia) como la flagelación que soñó han sido tema de cuadros famosos (pueden verse en Google Images). Y hay una anécdota sobre el ingenio burlesco de Quevedo cuando admiraba uno de estos cuadros, invitado por el rey con otros cortesanos. Su detestado Juan Pérez de Montalbán quiso lucirse improvisando una quintilla alusiva:

Los ángeles a porfía
al santo azotes le dan
porque a Cicerón leía...

Y Quevedo lo interrumpe con un cierre inesperado:

¡Cuerpo de Dios! ¡Qué sería
si leyera a Montalbán!

Jerónimo abandonó su vida solitaria porque hasta el desierto iban a buscarlo las disputas teológicas que lo acosaban para que tomara partido. Estuvo en Constantinopla, donde fue discípulo de San Gregorio Nacianceno, estudió la patrística griega y se entusiasmó con el rigor ascético, crítico y textual de Orígenes. Sus conocimientos del griego, latín y hebreo fueron aprovechados en el Primer Concilio de Constantinopla (381), que intentó superar controversias sobre el credo. El papa Dámaso lo retuvo como secretario para asuntos griegos, lo llevó a Roma y le encargó la preparación de una Biblia completa en latín, porque no existía. Había libros sueltos traducidos (no siempre de la lengua original), pero no una edición completa.
Dedicó a esta obra veintidós años (383-405), decidiendo los libros que deberían entrar y el original preferible, retocando algunas traducciones latinas ya existentes y haciendo traducciones nuevas de todo lo demás. Su obra se volvió canónica. Es la famosa Vulgata que, un milenio después, Gutenberg divulgó más que nunca y el Concilio de Trento (1545-1563) declaró oficial. Fue el primer libro impreso con caracteres móviles, el primer bestseller y un ejemplo de belleza tipográfica. Aunque la Vulgata fue escrita en la periferia del Imperio, de su latín admirable se ha dicho que es el último clásico romano (Roberto Heredia Correa, San Jerónimo: Ascetismo y filología). Así como de Sor Juana, aunque escribió en la periferia, se dice que es el broche de oro del Siglo de Oro español.
Hubo en el siglo IV en Roma un grupo de patricias notables por su posición social, su inteligencia y sus deseos de perfección cristiana. Habían tenido noticias de los primeros ermitaños (un movimiento de laicos radicales surgido en Tierra Santa contra el integrismo del cristianismo oficial); y habían admirado una célebre carta de Jerónimo a su amigo Heliodoro, invitándolo al desierto. Es una carta radical, contra los peligros de la familia, de la patria y hasta de los cargos eclesiásticos (Heliodoro iba para obispo, y llegó a serlo): no es mejor ser obispo que ser perfecto. “Y no querer ser perfecto es un delito.”
Santa Marcela (325-410), viuda joven como Paula, había optado por vivir en su palacio del Aventino como en una ermita, dedicada a la oración y el estudio. Esto escandalizó a la aristocracia romana, y aun a sus familiares,  que la despojaron de otras propiedades cuando vieron que  rechazaba a sus pretendientes y vivía ascéticamente. Paula y otras patricias la visitaban, y con ellas formó un círculo de estudios bíblicos, que llevaba años de reunirse cuando el famoso Jerónimo llegó de vuelta a Roma. Marcela decidió reclutarlo como director espiritual y de estudios, cosa que aceptó encantado, porque le hacían preguntas muy inteligentes, que lo obligaban a investigar y reflexionar. La correspondencia con ellas muestra el nivel intelectual que tenían (San Jerónimo, Epistolario, edición bilingüe de Juan Bautista Valero para la Biblioteca de Autores Cristianos).
Jerónimo las animó a estudiar hebreo, no solo griego, y llegó a respetarlas muchísimo. “Yo no hago ninguna diferencia entre las santas mujeres [...], los hombres santos y los príncipes de la Iglesia” (carta a Principia). Naturalmente, se dijo que estaba echándolas a perder, porque las animaba a perfeccionarse, en vez de casarse (había el temor de que la aristocracia romana desapareciera, si no se reproducía); y más aún cuando Blesila, hija de Paula, murió supuestamente por los ayunos excesivos. En este clima adverso (exacerbado por su espíritu combativo) tuvo como defensa la protección del papa; pero la perdió a los tres años de haber llegado a  Roma, porque Dámaso murió. Aunque era considerado papable, y quizá precisamente por eso, los ataques arreciaron. Prudentemente, se fue a Belén a continuar su obra, donde vivió hasta su muerte, protegido por Paula, que lo acompañó, fundó conventos, secundaba sus trabajos filológicos y financiaba todo.
Marcela se quedó en Roma, hasta que llegaron los godos, saquearon la ciudad y (creyendo que escondía dinero y joyas) la torturaron, de lo cual murió a los 85 años. En su elogio póstumo (carta a Principia), dice San Jerónimo: “De sus virtudes, de su ingenio, de su santidad, de la pureza que descubrí en ella, me da apuro hablar, por miedo a exceder los límites de lo creíble y por no aumentar tu dolor con el recuerdo del bien que has perdido. Únicamente diré que todo lo que yo había cosechado tras largo estudio, lo que había convertido como en una especie de segunda naturaleza tras prolongada meditación, ella lo absorbió con avidez, lo aprendió y lo hizo suyo de tal forma que, después de mi partida, cuando surgía una discusión sobre algún texto de las Escrituras, se acudía a ella como a árbitro.”
No solo eso. De Marcela aceptaba los regaños, cuando arrastrado por sus inclinaciones polémicas y satíricas escribía cosas despiadadas. Marcela le llevaba quince o veinte años, era prudente y estaba acostumbrada a mandar. Alguna vez, con burla afectuosa, Jerónimo le dijo en griego: mi ergodioktes (mi capataz).
David S. Wiesen (St. Jerome as a satirist) identifica  numerosos pasajes de la prosa de Jerónimo donde pueden observarse maneras y hasta frases de Horacio, Persio, Juvenal y otros poetas satíricos latinos, esgrimidas con malevolencia poco santa. Frente a esta contradicción fundamental, resulta menor, pero significativa, la contradicción de que el admirador y apoyo de tantas mujeres no evitara la retórica misógina tradicional. Así también Sor Juana, que escribió contra los “hombres necios”, no tuvo inconveniente en hacer escarnio de la supuesta “Teresilla”. ~
Fuente:http://www.letraslibres.com/revista/convivio/lo-jeronimo-en-sor-juana?page=full

17 de julio de 2012

Revista Letras Libres: Lágrimas en la lluvia


TERTULIA

AS TIME GOES BY

 

Por José de la Colina

Revista: Letras Libres

Revista Letras Libres: La loa de Juana Inés

24 de junio de 2012

Revista Letras Libres: Jerónimas exportables

Jerónimas exportables

La orden monacal de las jerónimas, a la que perteneció Sor Juana, tiene una historia apasionante, al tratarse de la única congregación que nacióen la Nueva España y de aquí creció hacia Europa. Zaid estudia esta singular orden, sus reglas y sus repercusiones en la obra de la Décima Musa.
Noviembre 2011 | Tags: 
La amplitud de horizontes de Sor Juana viene de su inteligencia y sus lecturas, de San Jerónimo y de Isabel de Guevara, fundadora de las jerónimas en México. Debemos al poeta Joaquín Antonio Peñalosa fructíferas pesquisas que recogió en su libro Alrededores de Sor Juana Inés de la Cruz (Universidad Autónoma de San Luis Potosí, 1997). Tuvo la buena idea de visitar el convento de las jerónimas de Madrid y descubrió que provenían de México, del mismísimo convento donde estuvo Sor Juana. Le permitieron transcribir veinte documentos sobre la fundación, casi todos de 1584 a 1602.
El libro reproduce también las constituciones de la vida del convento, en facsímil de la única edición conocida (México, Herederos de la Viuda de Bernardo Calderón, 1702); así como facsímil de una edición encargada por el convento (México, Herederos de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, 1707) de la llamada Regla de San Agustín, en la cual se inspiran; aunque las jerónimas no dependieron nunca, ni dependen, de los agustinos. Reproduce, por último, tres ceremoniales litúrgicos (de hacia 1650, conservados en The Hispanic Society of America) que se usaban para tomar el hábito, profesar y ser enterradas.
De la documentación resulta algo notable: que la fundación del convento en México no se hizo desde España; y que, por el contrario, las jerónimas mexicanas abrieron casas en España. Actualmente, las dos congregaciones jerónimas de origen mexicano (Jerónimas de la Adoración y Jerónimas de Puebla) tienen casas en México, Venezuela, España, Italia y la India, cuyas direcciones y teléfonos pueden localizarse en Google.
Jerónimo de Estridón (347-420), un ermitaño dálmata y cosmopolita, venerado como santo por católicos, ortodoxos y anglicanos (y como santo patrón de la Federación Internacional de Traductores), fue un gran escritor, traductor y filólogo. Es el creador de la biblioteca que hoy circula como un libro, aunque la Biblia no es un libro, sino medio centenar de libros escritos a lo largo de un milenio. Su obra integró en latín las escrituras cristianas, con traducciones (casi todas suyas o revisadas por él) del hebreo y el griego, tomando en cuenta documentos en arameo, árabe y sirio. Desde el siglo XIII fue llamada la versio vulgata (la traducción de uso común) o simplemente la Vulgata. En 1546 fue declarada canónica por el Concilio de Trento.
Paralelamente, quizá por iniciativa de Santa Paula (una discípula romana muy inteligente y culta, que apoyaba y financiaba sus proyectos), San Jerónimo fundó en Belén (donde vivió desde 386) dos monasterios, uno de hombres y otro de mujeres, que no tuvieron la permanencia de su obra literaria. No se sabe cuándo desaparecieron. Tampoco, si tuvieron constituciones y reglas escritas. Lo cierto es que la Orden de San Jerónimo (OSH) fue creada un milenio después (1373) a partir de cero, por iniciativa de laicos que lo admiraban como figura ejemplar y hacían vida de ermitaños, cada uno en su propia ermita. Hasta que decidieron vivir en comunidades enclaustradas, dedicados a la oración, la penitencia, el estudio, el silencio y el trabajo, sin actividades externas, fuera de recibir hospitalariamente a los peregrinos de paso, como los monasterios de Belén. En 1374 se creó la rama femenina.
Hubo conventos jerónimos sobre todo en España, aunque también algunos en Italia y Portugal. Entre los españoles destacan el Real Monasterio de Santa María (en Guadalupe, Cáceres, Extremadura), donde estuvieron muchas veces los Reyes Católicos y hay cuadros de Zurbarán alusivos a la historia de la orden; el Real Monasterio de San Jerónimo (en Yuste, Cáceres, Extremadura), donde Carlos V se retiró para morir, después de abdicar; y el Real Monasterio de San Lorenzo (en El Escorial, Madrid) que mandóconstruir Felipe II.
Extrañamente, no fundaron conventos en América. Lo lamenta fray Joséde Sigüenza en su Historia de la orden de San Jerónimo, escrita entre 1595 y 1605:¿
Sólo deseo se considere cuán poca ansia tuvo esta orden, ni sus religiosos, en dejar raíces en aquellas partes donde con tanta facilidad pudieran, teniendo el poder y la mano, edificar conventos y dilatar su nombre y su memoria [cita de Peñalosa, verificable en Google Books].
Sigüenza era un jerónimo cercano a Felipe II, que lo nombróbibliotecario del Escorial. Su lamento dice muy claramente que los jerónimos pudieron fundar conventos en América, pero no tuvieron interés; aunque hubo jerónimos enviados para recoger limosnas y aun gobernar transitoriamente, como sucedióen Santo Domingo; y aunque el jerónimo fray García de Santa María Mendoza y Zúñiga (prior del convento del Escorial) fue nada menos que arzobispo de México, de 1600 a 1606.
HernánCortés era extremeño y devoto de la Virgen del convento de Guadalupe en Extremadura, como otros conquistadores de América que difundieron esa devoción (lo cual facilitó que el culto de las apariciones en México se extendiera por el continente). Y entre los criollos se volvió costumbre “que en todos los testamentos había de hacerse constar la llamada manda forzada para el sostenimiento de Guadalupe en España”, según Carlos G. Villacampa, La Virgen de la hispanidad o Santa María de Guadalupe en América (citado por Peñalosa).
Pero, en México, muchos empezaron a canalizar sus limosnas a la Guadalupe del Tepeyac, y el “sostenimiento de Guadalupe en España” fue disminuyendo. Fray Diego de  Santa María, procurador del monasterio guadalupano español, estuvo en México y lo constató; por lo cual propuso a Felipe II en una carta del 12 de diciembre de 1574: “Si Vuestra Majestad fuese servido, en esta ermita [del Tepeyac], trasladándola a un buen sitio, se podría hacer un monasterio de la Orden” jerónima. A los tres meses reiterósu propuesta. Sorprendentemente (por el favor de que gozaban los jerónimos y porque en Felipe II pesaba la opinión de Sigüenza, su amigo y biógrafo), el rey no respondió. Peor aún, el 13 de marzo de 1576 expidióuna cédula donde ordenóal virrey de la Nueva España, Martín Enríquez de Almansa, que no permitiera la creación de un monasterio jerónimo bajo ningún pretexto (según Almudena Laguna, “Las Jerónimas de la Adoración”, en Studia Hieronymiana, citada por Peñalosa). Es de suponerse que los mexicanos grillaron a Su Majestad. Ramón Cota Meza (“Guadalupe fiscal”, El Universal, 12 de diciembre de 2006) detalla posibilidades.
No entiendo si la prohibición se refería únicamente a que el convento se pusiera en el Tepeyac; o a que fuera una “sucursal”con derecho a recoger las limosnas guadalupanas para España; o a que fuera un monasterio de hombres, como el de Extremadura. En todo caso, nueve años después, Pedro Moya de Contreras (arzobispo de México de 1573 a 1591, virrey transitoriamente en 1584-1585 y  organizador del decisivo III Concilio Mexicano de 1585) autorizóen 1585 la fundación de un monasterio de mujeres, inspirado en la orden de las jerónimas, pero independiente de España (enmarcado en su propia autoridad episcopal, facultad que le concedióel papa Gregorio XIII). Y, por supuesto, no en el Tepeyac.
Entre las razones que dio el arzobispo para atender de inmediato la solicitud de “la muy magnífica y muy devota doña Isabel de Guevara, hija legítima de los muy magníficos don Diego de Guevara y doña Isabel de Barrios” es que “Nos, movidos e inclinados a tan piadoso y santo celo, y considerando la grande copia [cantidad] de doncellas que hay en esta ciudad que carecen de posibilidad y dotes para casarse conforme a la calidad de sus personas”... (documento 5). Quizáera el caso de la fundadora, porque en los documentos aparece Diego de Guzmán como marido de su madre, sin mayores explicaciones. La situación recuerda que Sor Juana no tuvo posibilidades de casarse bien.
Cabe suponer que la joven Isabel supo de los conventos de jerónimas por los frailes que estuvieron en México; que se entusiasmó con el proyecto de crear algo semejante; y que, decidida a patrocinar la fundación con sus propios recursos (que no eran muchos), entusiasmó a otras veinte jóvenes y al arzobispo. Le pidió ayuda: monjas experimentadas que las orientaran; y les asignó cuatro concepcionistas mexicanas por tres años. También entusiasmó a su hermano Juan para comprar (a crédito de seis años, que no pudo pagar oportunamente) unas casas que arreglócomo convento, donde tomólos hábitos con sus compañeras en 1585, profesóen 1586 y fue elegida priora por unanimidad (menos su propio voto) en 1590. Es el convento de San Jerónimo donde estuvo Sor Juana un siglo después, de 1668 a 1695.
Isabel de San Jerónimo (nombre que adoptó) promovióla fundación de otros dos conventos: el de San Lorenzo, también en la ciudad de México (1598), y el de San Jerónimo en la ciudad de Puebla (1600). Asombrosamente, no existe una biografía de esta mujer notable, que ni siquiera  aparece en el Diccionario Porrúa. Hay algunos datos enwww.jeronimasdelaadoracion.com, pero el año de nacimiento, evidentemente, es erróneo. No puede ser 1570, porque resultaría que organizó todo a los quince años y fue priora a los veinte. En el documento 10 está claro que el papa Sixto VI había estipulado “que la priora debería tener un mínimo de treinta años”. O sea que nació antes de 1561. Murió el 3 de marzo de 1618.
Todos los conventos europeos sufrieron las consecuencias de la Revolución francesa. En España, los conventos jerónimos de hombres (medio centenar, con un millar de monjes, según la Wikipedia, Hieronymites) fueron suprimidos por el gobierno en 1835. En México, todos los conventos (de hombres y de mujeres) fueron expropiados por las Leyes de Reforma. Las jerónimas fueron exclaustradas en la noche de Navidad de 1862 y tuvieron que alojarse con sus familias o con otras familias que las recibieran. Presionaron, y pudieron volver el 17 de mayo siguiente; hasta que el 6 de abril de 1867 las sacaron de nuevo. El presidente Porfirio Díaz les permitió volver. Pero empezó la Revolución, con su secuela de robos, violaciones y asesinatos. Huyeron en 1926.
A diferencia de los frailes (franciscanos, dominicos) que andan por el mundo y pueden ser enviados de un convento a otro, los monjes de clausura estricta no salen para nada. Sin embargo, fue común que tuvieran servicios adjuntos: hospederías, dispensarios, enfermerías, orfanatorios, escuelas para niños pobres, panaderías, viñedos y expendios de sus productos. Algunos prosperaron tanto que los más radicales se fueron a lugares totalmente incomunicados. No entiendo cómo los jerónimos actuaron de hecho como frailes y salieron a diversas comisiones apostólicas desde el siglo XVI. Quizá cambiaron sus constituciones.
En el caso de las jerónimas mexicanas, quizá el desalojo violento las orientó al servicio social. Es de suponerse que siguieron atendiendo sus escuelas de niñas y otras obras fuera del convento, mientras pudieron. Y que en las nuevas constituciones de las Jerónimas de la Adoración formalizaron eso que ya había empezado. Definen como su principal dedicación “la adoración a la Santísima Eucaristía” y “la educación cristiana de los jóvenes”.
Las jerónimas españolas siguen dedicadas a la vida enclaustrada en diecisiete monasterios. De los monasterios de hombres quedan dos: el de Yuste y el de Santa María del Parral en Segovia; donde no hay más que once monjes, según www.catholichierarchy.org. Pero esa página no registra el de San Matías, cerca de Barcelona (www.jeronimes.net). De cualquier manera, está claro que los monasterios de hombres no han logrado recuperarse de la persecución del siglo XIX que los extinguió de 1835 a 1925.
Las mexicanas resultaron muy emprendedoras ante la adversidad. Sufrieron tres persecuciones: la de Juárez, la de Carranza y la de Calles. Finalmente, decididas a no abandonar su vocación, se fueron a España, donde tuvieron la suerte de encontrar a María Ballesteros Paredes, una española nacida en México, que las alojó en su casa de Carrión de los Condes y luego les dio su Quinta Ballesteros, cerca de Gijón, para establecerse formalmente. Manuel Diego Sánchez, que editó un Epistolario inédito de Francisca del Valle con María Ballesteros, incluye varias anotaciones sobre las jerónimas mexicanas que pueden leerse en Google. Llegaron a Carrión el 24 de noviembre de 1926, se instalaron en la quinta el 20 de marzo de 1928 y, a partir de ahí, se extendieron por España y por el mundo. ~

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